Sergio Jelburgos, mi otro
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Hugo Dvoskin

Nació en Palermo, junto con la vuelta de la democracia. Todavía viven en su mente aquellas infantiles y desganadas calles del barrio, silenciosas, casi invisibles de habituales. Ahora el paso del tiempo, las modas y el mercado inmobiliario las trasformaron en calles ávidas de turba y ajetreo. Él prefiere seguir viéndolas como las imagina. No como las ve. Su padre desde muy joven tuvo una carpintería en Thames y Loyola, muy cerca de su casa. En el año 95, un terremoto financiero en México expandió sus ondas destructivas hasta nuestra siempre débil y dependiente economía. La crisis la hizo volar en pedazos y tuvo que cerrarla. Por primera vez Sergio Jelburgos, con 12 años de edad, conoció de la mano de un padre desocupado, el oprobio de la vida, la angustia familiar y la zozobra cotidiana. Su refugio fue la literatura. A excepción de El Principito, su casa no tenía libros. Ese mismo año la cooperadora del colegio sorteaba, por la lotería nacional, un tv color de 21´. El local de electrodomésticos del barrio que lo donaría fundió. Sustituyeron el premio por una obra completa de Borges, publicada en dos tomos en el ´74, donada por alguien de la cooperadora. El 218 fue el número ganador que había comprado Jelburgos. A la alegría de ser favorecido por la suerte siguió una sensación de vacío y desasosiego cuando le aclararon que debieron cambiar el premio por fuerza mayor. Si bien en ese momento su sensación fue de injusticia, volver a su casa con Borges en el portafolios fue un acto de verdadera justicia barrial.